El motor del transbordador ruge suavemente mientras dejamos Pargua atrás. Zarpar hacia la Isla Grande de Chiloé es un verdadero ritual sureño. Al subir a la cubierta, el viento frío y húmedo golpea el rostro, trayendo ese inconfundible olor a salitre de una travesía marítima que hoy toma entre 30 y 45 minutos.
A medida que avanzamos, el paisaje nos regala un contraste asombroso. Entre la bruma y las frías aguas del canal, emergen como gigantes las imponentes pilas de hormigón del nuevo Puente Chacao. Estas majestuosas torres, que alcanzarán hasta 199 metros de altura, sostendrán una estructura colgante récord en la región con 2.750 metros de longitud. Los pasajeros observan maravillados esta mega obra de más de 1.000 millones de dólares, proyectada para inaugurarse en 2028, sabiendo que en el futuro este mismo viaje se reducirá a un rápido cruce de apenas 3 o 4 minutos en automóvil.
Pero hoy, el lento balanceo de las olas y el sonido del viento mantienen viva la magia tradicional de la llegada a la isla.
Pargua
Pargua
Nuestra llegada a Castro fue un verdadero choque con la realidad. En nuestra memoria guardábamos la imagen cálida de aquel pueblo tranquilo y pintoresco que nos había cautivado en nuestra primera visita, allá por los años 80. Veníamos con la ilusión intacta de caminar por calles serenas y reencontrarnos con la magia tradicional de sus famosas casas sobre palafitos, pero nos topamos de frente con un escenario completamente distinto: el caos de la modernidad.
Allí nos llevamos nuestra primera gran desilusión al comprender que la nostalgia no detiene el tiempo. En nuestros recuerdos no habíamos dimensionado el peso del "progreso" sobre la ciudad. Las profundas intervenciones urbanas y la necesidad de pavimentar y abrir espacios para la abrumadora cantidad de vehículos que hoy circulan por la isla han transformado por completo el paisaje. Las calles, antes silenciosas, ahora vibran al ritmo del tráfico, los bocinazos y el bullicio comercial.
Los palafitos siguen allí, resistiendo estoicos sobre el agua, pero el entorno que los abraza ya no es el de aquel rincón apacible del fin del mundo. Es el reflejo palpable de una capital isleña que creció de golpe, sacrificando parte de su antigua tranquilidad en nombre del desarrollo.
En Dalcahue, la vista nos lleva en un viaje inmediato: pasamos de contemplar la arquitectura de los palafitos sobre el agua, a perdernos entre los colores de la artesanía y los souvenirs locales. Al seguir caminando, pisamos la tierra natal de Francisco Coloane, donde nos encontramos con una joya que resistió al tiempo: su antigua vivienda. Allí está, salvada de ser absorbida por el imparable progreso moderno, y preservada hoy ante nuestros ojos convertida en museo.
Dalcahue
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